Todo se aguó desde las 5 y algo de la mañana. Desperté agitada, sorprendida por el aguacero cayendo sobre el óxido del techo, las hojas del matico y la tierra. Ya sé dónde quedarán los charcos y que después del mediodía, aproximadamente, se asomarán -tímidos- los primeros rayos de sol entre las nubes. Me da miedo la lluvia, siento que se me puede venir el techo encima y con ello su óxido, el plástico y sus clavos doblados. Me siento pisoteada cuando llueve de esta forma.
Me quedé dormida súbitamente mientras contaba hasta mil. Desperté y seguía lloviendo. Salir para entrar y entrar parar salir: así es el tránsito en una kasa con sus órganos escindidos. Me arrimé a la lluvia y ella se arrimó en mis ojos. Salí, entré; me desplacé a un día soleado guardado en una pieza, mordí la luz.
Ya no llueve, sólo quedan gotas suspendidas en la ruda y los olivos; los barriales y la helada invadiendo las piezas agujereadas y viejas.
Llueve eskorpio.
Llueve eskorpio.