-seguir-

Vomité el corazón

 Nada de esto es casual, me digo extrañamente tranquila mientras retoco mi labial en el espejo roto. Ajusto los últimos detalles de mi vestuario y enciendo un cigarrillo: la espera es más agradable si mi boca expulsa humo.

Transcurridos algunos minutos y con el encuentro acercándose a su punto inicial, ensayo las mentiras que camuflan mi miseria ¿Qué qué hago yo? Bueno, arriendo una pequeña casa con  amigas y los gastos, a veces, son difíciles de pagar con el escuálido ingreso monetario que me otorga mi trabajo de maquillista informal. Todos esos elementos son para apaciguar la solapada crisis ética de un hombre mayor, casado y con hijos que contrata a maricas jóvenes por sexo y compañía a cambio de dinero. Entonces, me avisa qué está esperando en el lugar indicado previamente. Agarro con delicadeza  mi cartera de charol plástico, en la que deposité condones, tabaco, lubricante y una cuchilla prestada.

Salgo a la calle como una espía infiltrada en el anonimato nocturno. No es conveniente que sepa que esta gatita cazafortunas vive en una casa ocupada ilegalmente, llena de graffitis y que colinda con un callejón tierroso donde las antenas encendidas son la brasa con la que la madrugada se alumbra. El señor cliente no permite el arrebato de su decencia ciudadana; esa pretenciosa tranquilidad moral que le permite al hombre de negocios acceder a mi cuerpo y a mis talentos eróticos.

Me dirijo a su auto. Nos miramos a través del vidrio y las luces de la avenida iluminan suavemente nuestros rostros. Él tiembla, lo noto en sus manos aferradas al volante. Yo, en cambio, trato de mantener la postura de alguien que ha estado en el mismo lugar durante mucho tiempo.

No pierdo de vista los detalles: es decir, el color rojizo oscuro de los asientos, las canas nublando su cabeza o el buzo deportivo que trae puesto.

Conversamos sobre cosas sencillas: su trabajo y las otras cosas que yo, supuestamente, realizo fuera de los autos, departamentos o casas de los hombres de familia. Ensayar previamente me asegura el piso mínimo de una buena actuación. Su habla de padre comprensivo lo confirma. Le agrada mi voz, observa mis labios y sigue conduciendo hacia los estacionamientos deshabitados de la playa. Aquí nadie puede hallarnos. No hay pistas de este encuentro.

Pregunto si alguna de mis prendas obstruye el deseo. Responde que no y baja su pantalón deportivo. Me asegura, después del pago, que ya no es un casanova juvenil, el semental de antaño que repartía sexo en los clubes nocturnos y ochenteros de Coquimbo. No se le para rápido y pone en duda su autonomía. Debo asegurarme de coagular la sangre genital. Él fija su mirada entrecerrada en el techo del vehículo. En el fondo, siempre se desea o me desea la muerte al reconocerme. Sabe que no hay en mi algo de su esposa. Sin embargo, accede a mi como si mis gestos o ropas fueran familiares. Todo por dinero. La transacción es su dinero en mi cartera y su semen en mi boca. Es un pacto que no admite falencias.

Nos observamos pensando en otros lugares, otros tiempos. Me trata como si yo fuera una criatura desentendida del mundo. Lo acepto. Este encuadre de la realidad implica asumir la ficción del encuentro.

Acaba murmurando agradecimientos. Está agradecido del cuerpo que cree para él. Señala que el buzo que usa es para prevenir malos entendidos con la policía. Subir rápidamente el pantalón significa evadir preguntas y respuestas que un señor mayor, casado y con hijos no puede asimilar con facilidad.

Emprendemos marcha hacia el minuto de partida. Hablamos, nuevamente, de cosas simples: sobre el frío y la imprudencia de los conductores. Los grandes anuncios comerciales dispuestos en las calles trazan el regreso. Se despide de mi con un te llamo. Los besos pertenecen a la familia, concluyo. Me bajo del auto y desaparezco. Desaparecemos. Vuelvo a ser una espía infiltrada en el anonimato de la noche.

Nada de esto es casual, me recuerdo con el abrigo sobre mis hombros y el labial corrido aguardando otro mensaje, otra llamada. Inventando una nueva biografía y otro cuerpo para seducir el culposo deseo sexual de algún hombre de familia.
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